lunes, 2 de septiembre de 2013

Don Juan, donjuanes.



En El burlador de Tirso de Héctor Mendoza asistimos a la puesta en escena de un ensayo en la que director y actores debaten sobre lo que significa la actuación, la parte creadora de la actuación. Contemplamos, como sí asistiésemos a un teatro vacío de público espectador, las motivaciones de los actores para actuar. Metateatro en el que los actores interpretan a actores que interpretan a los personajes de la comedia áurea de Tirso de Molina. 

Antonio Tordera Sáez en su Teoría y técnica del análisis teatral dice “como tal personaje está construido por las frases pronunciadas por él o sobre él, es el soporte de una serie finita de rasgos y transformaciones, y se constituye mediante la actividad de memorización de datos y reconstrucción operada por el lector (espectador).” Partiendo de ello pienso que si una obra dramática fuese un rompecabezas cada una de las piezas serían los actores puesto que son ellos quienes quienes presentan una fotografía completa en escena y yo creo que Mendoza lo presenta así en su texto al señalar la preocupación del personaje del director al faltarle un actor para su puesta en escena. Viendo el teatro como un puzzle el director es un niño jugando a ensamblar pieza con pieza a través de esas partes mas profundas como lo es el texto dramático.

Aunque la obra de Mendoza inserta en la obra de De Molina (¿o es la obra de De Molina inserta en la obra de Mendoza? ¿qué fue primero, el huevo o la gallina?) no se queda solamente en su trabajo lúdico con los actores, sino que con ellos dibujan las partes que hay que descubrir en el texto escrito o más bien en la psique de los personajes. Filosofar acerca del contexto de la obra, la operación de los valores morales de la época en la que fue escrita, la participación fundamental de la Iglesia en la vida de los españoles del siglo XVII y la creación de un personaje arquetípico como lo es el Don Juan. 

Mendoza no solo utiliza el metateatro para desenredar la psicología de los personajes sino que se da la libertad de proponer tres donjuanes (con actores distintos) para interpretar a uno solo y que además crea un epílogo en que cada Don Juan tiene un final diferente y en que la salvación parece castigo. Formas inteligentes de psicoanalizar la complejidad de un personaje como Don Juan en el que se da la vuelta a la tortilla y queda además en evidencia la participación activa de la mujer engañada, violada (como se dice en el texto clásico) por un seductor donjuán que va más allá de la típica y plana víctima de telenovela y en la que se plantea la sexualidad femenina y su placer carnal que ya desde la Grecia antigua era motivo de disputa entre Zeus y Hera.