martes, 29 de octubre de 2013

Santa Anna ¡vive!

(Fotografía propiedad de Guadalupe de la Mora / Telón de Arena)


El texto dramático de José Fuentes Mares Su alteza serenísima ha sido puesto en escena bajo la dirección de Perla de la Rosa.

Su Alteza Serenísima es la historia de la locura de uno de los personajes más mexicanamente extraños de la historia. Símbolo de la derrota por la peor de las vías: la traición. Un personaje que se instala en el dramatis personae del imaginario drama nacional. Ocupa acaso un lugar junto a La Malinche por su estereotipia de obtener beneficio al traicionar a los suyos por más que los suyos ni lo fueran tanto por cuestiones de ínfula clasista o vil desprecio, de uno contra todos o de todos contra uno, que para el caso es lo mismo.

Antonio López de Santa Anna es el vendepatrias por antonomasia. Un fantasma que posee sexenio a sexenio a los presidentes de la República y que por la vía legal disponen de los recursos económicos de la nación como si fueran cosa suya: darle al comprador extranjero o nacional todas las facilidades para comprar lo que se le antoje; es decir juegan al Monopoly con los dueños del dinero: en México además de la mitad del territorio se han vendido sus bancos, sus trenes y sus vías, sus minas, su petróleo de a poco y que ya se quiere vender de a todo. Acabo de escuchar que en México la actriz Jesusa Rodríguez presentó un libro encarnando a un híbrido de Santa Anna y el actual presidente de la república, Enrique Peña Nieto. La vigencia del personaje es constante y sonante, tan solo opacado en la historia reciente por la sombra de la principal encarnación del mal en la pastorela del neoliberalismo, el mismísimo Don Carlos Salinas de Gortari…

Pero vaya, son figuras de miedo y escarnio que allí se quedan. Quemados en formas de piñatas como Judas Iscariote, consumiéndose ante los ojos del pueblo, que emocionado y febril se abandona al insulto sabroso. Y luego nada. Todo vuelve a su cauce. Volvemos a las telenovelas bobas de Televisa, a la derrota de nuestra selección mexicana de futbol, al alcohol, a vivir la vida al día porque Dios así lo quiso: narcotráfico, bajos salarios, pésima calidad de vida, emigración. Hablo de la vida en la ciudad que es la que conozco. Vemos que la problemática de la ciudad no se resuelve con la elección de nuevos alcaldes, gobernadores, presidentes de la república, diputados o senadores. Cuando el cuento de la democracia tiene un final más o menos feliz la gente se desencanta pronto cuando descubre que la timaron, que hay grupos de interés que interesan más a los poderes que el pueblo que los puso en la curul que ocupan. Eso, claro, cuando el robo de una elección no es en despoblado y las elecciones se ganan a la mala: se compran votos a los ignorantes y a los miserables, se intercambian por comida para aguantar el hambre o por algún material de construcción para arreglar la casita o para venderlo si es que se ocupara más el dinero en efectivo.

Toda esta retahíla de frustraciones enumerada responde a un solo fin: nosotros mexicanos somos incapaces del shock. No hay cosa alguna que nos motive a cambiar de paradigma. No somos capaces de enfrentar a quienes corrompen y se dejan corromper. Vaya, seguimos permitiendo a los partidos políticos que mantengan a uno de los sistemas más desiguales del mundo y a seguir encumbrados como si abajo el grueso de la población tuviera un trabajo digno, un buen salario, una calidad de vida insuperable, una seguridad pública libre de asesinatos, bombazos, colgados, secuestros y narco y además, las escuelas tuvieran un lugar de excelencia con comida y transporte para la niñez y juventud; un seguro social gratuito y efectivo para todos como el de Inglaterra, unos parques públicos verdes y limpios en donde nuestros niños no fueran de repente balaceados por criminales que nunca serán atrapados y no purgarán ninguna culpa… pero no. No tenemos nada de eso: los que pueden aislarse de la realidad mexicana se aíslan. Recuerdo a una actriz famosa de Televisa contar en una entrevista que ella no quería quedarse en México porque prefería estar en otro país, en un lugar en donde salir con seguridad con sus hijas a andar en bicicleta. Y pues México no es un lugar así. Y sin embargo, ahora, esa famosa actriz de Televisa es la primera dama de México.

Entonces, ¿en que abona una obra de teatro como Su alteza serenísima escrita en 1969 por Fuentes Mares y ahora adaptada y montada por la compañía de teatro Telón de Arena de Ciudad Juárez?

En mucho porque ha vuelto el PRI a la presidencia de la república. El pueblo se dejó seducir por el partido hegemónico creador de la dictadura perfecta (haciendo nahual de Paz y Vargas Llosa) y recordando que Serna llamó a Santa Anna, el seductor de la patria. Y por seducción entendamos que a un hambriento nada lo seduce como un pan, unas monedas para comprarlo. Seducción porque la alternancia en el gobierno del PAN del 2000 al 2012 no trajo sino uno de los peores episodios sangrientos de la historia mexicana: de la represión de San Salvador Atenco (en alianza Fox-Peña Nieto) al fraude electoral del 2006 atravesando el abismo de una narcoguerra, la masacre irrefrenable de jóvenes y niños, la intervención armamentista de los Estados Unidos, la corrupción de la Policía Federal hasta episodios tan sórdidos como el incendio de la guardería ABC, hasta donde me alcanza la memoria…

Entonces, abona en mucho la crítica indirecta del autoritarismo encarnado por un Santa Anna (y el actor Humberto Leal Valenzuela en esta puesta) fársico, esperpéntico y alucinado que se niega a dejar el poder aun cuando solo la locura lo mantiene allí. No tiene un país que gobernar y sin embargo gobierna. Gobierna con sus recuerdos de falso heroísmo y mesianismo, enumera las frases de los dictadores del mundo, se comporta como uno… cuando en realidad no es sino un viejo decadente, asmático y ulceroso. Que vive de recuerdos y de escribir la autobiografía dictada a un manco palero y lambiscón (todo político tiene uno o una corte de ellos) llamado Gimenez (interpretado con entusiasmo por el actor Raúl Díaz). Permite pues al espectador acercarse a un determinado momento de la historia que parece insuperable, entrando a la escritura de la historia con ojos y oídos, "contrariamente a la imagen que se suele dar oficialmente de la cultura, ella se define como un espacio/tiempo (cronotropos) que sufre modelizaciones y rectificaciones periódicas igual que la historia que la orienta, y se fundamenta sobre una herencia menos auténtica"; así, Daniel Meyrán explica en Una lectura del tiempo sobre el tiempo... lo que bien se podría anhelar: un tiempo en el que este drama parezca absurdo por que su cronotropo sea lo más alejado en una realidad totalmente distinta.

El discurso de la obra es totalmente crítico al loco de poder, al dictador en potencia, al antiquijote, al pronapoleónico… Dice Buero Vallejo de Madre Coraje de Brecht que sus personajes “inventados, sus protagonistas dibujan la verdad esencial de la época y las vicisitudes en que se les supone.” Una época mexicana que acaso sabemos en donde comenzó pero que no sabemos si algún día terminará y de la que Fuentes Mares relata, personifica y le habla a Juan para que lo entienda Pedro. Las mujeres en la obra aportan la sensatez y la cordura: la sirvienta Petra (interpretada por Claudia Rivera) que critica al sistema, burlándose de los ministros transas y manos largas, y la esposa de Antonio, Lola (encarnada por Guadalupe Balderrama) que intenta desmitificar las alucinaciones de su marido.

En su Semiótica teatral Anne Ubersfeld se refiere a la relación entre el proceso teatral y el espectador, su relación "psicosociológica" en el que reconoce dos elementos: la reflexión y "el contagio pasional, el trance, es decir, el contagio que imprime el cuerpo del comediante sobre el cuerpo y el psiquismo del espectador". Continuemos pues en que la puesta en escena de Su Alteza Serenísima abona en mucho al público espectador, al receptor, porque no dice sino verdades. Y esas verdades rompen la cuarta pared y le hablan al público. Y el público responde. Pero al salir del teatro el público vuelve a la realidad: el dictador fanstasma sigue vivo y respirando, está en todas partes, violando sordamente las instituciones, fornicando con el crimen organizado… pero sabemos que todos trabajamos para él y que todo esfuerzo por cambiar las cosas será infructuoso. La mayoría de las personas no tienen los medios para asistir al teatro y por eso ve telenovelas y noticias amarillistas. Puede criticarle al diputado en turno que haya votado una ley en la que le subirán los impuestos pero como dijo Salinas de Gortari: "ni los veo, ni los oigo."

Es curioso como la sociedad mexicana tiende a desaparecer cada tres y seis años y vuelve a parecer puntual para las elecciones. Un pueblo que tiene necesidades, que carece de lo esencial es un pueblo que se levantará, será acarreado a votar con su familia por el sonriente candidato, recibirá su pago por ello, se le festejará su apoyo incondicional y luego volverá a su miseria. Por todo eso es importante que la crítica siga viva y latente, que estos dramas históricos e histéricos se sigan montando y llevando a más y más públicos porque esos públicos solo consumen los productos que los medios masivos producen: telenovelas idiotas llenas de estereotipos, figuras patriarcales, ramplona moralina judeocristiana, noticiarios sanguinolentos que no hablan de los criminales de cuello blanco sino solo de los que baja monta y que manosean sensualmente a los gobernantes en turno. Pero sobre todo de los anuncios comerciales que engañan a sus consumidores con promesas de remedios sin receta para enfermedades, roles machistas de las mujeres y enajenación de la infancia. Parece entonces que el drama que nos ocupa contiene una "actitud crítica del pasado sin ninguna otra finalidad que la de criticar con el convencimiento de la imposibilidad de lograr cambios", aplicando la teoría de Kurt Spang en Apuntes para la definición y el comentario del drama histórico.

Dicho lo anterior, yo creo que dramas históricos como Su Alteza Serenísima son necesarios en una sociedad como la nuestra mexicana porque le genera conciencia, pensamiento crítico (que puede o no ser la chispa para una cambio social pero la lucha se le hace) tomando del tiempo pasado y el presente colisionándolo en lo más iconográfico y simbólico para constituir un texto dramático y una espectacularidad que se inserten en el desarrollo de la vida cultural de una sociedad y en la concepción histórica del espectador que, por serlo, tiene una visión crítica de la historia. Buero de nuevo: "El teatro histórico ilumina nuestro presente cuando no se reduce a ser un truco ante las censuras y nos hace entender y sentir mejor la relación entre lo que sucedió y lo que nos sucede".

Perla de la Rosa y Telón de Arena logran hacer reír de la desgracia, los infortunios y la calidad de nosotros los agachados ante un viejo enfermo de poder, tan proteico que pervive en nuestras instituciones, viviendo en la total decadencia. La puesta en escena trasmite la comicidad de la pieza de Fuentes Mares, sin ser propagandística. Y la risa es trascendente en la historia porque es siempre subversiva y por ello muchas veces acallada, censurable y arriesgada.